Se sentía como un plebeyo dentro de la gran masa de ciudadanos.
Cuando regresaba de una de sus acostumbradas salidas diarias, puso atención a una joven que trataba de cruzar la acera. Había llovido y un charco de lodo y agua se había formado en la calle. Se acercó tímidamente y le ofreció el brazo, para darle el impulso necesario que le permitiese saltar a la calle. Ella se asió de él y mientras aun su mano permanecía en su brazo, le dijo: – Gracias Sir. Luego ella se alejó. Él la observó hasta que desapareció.
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